LA CANTADA
Desde los últimos días de octubre hasta los dos primeros días de noviembre, Naolinco se engalana, se llena de vida, se vuelve un mercado enorme de tradición y cultura, de fiesta y de parranda en donde todo el pueblo está alegre y disfrutando de esta gran fecha.
Poco antes de que se llegue el día esperado, las diferentes familias del lugar se preparan para poner su altar. Van a la plaza a comprar lo necesario para ponerlo en su ofrenda. La fruta de temporada, como los tejocotes, las berenjenas y las mandarinas; lo que nunca puede faltar, como la caña, las manzanas, las peras, los plátanos y las limas y limones; el pan de huevo, granillo y sal, los muertitos, los volcanes y las tortas de manteca se venden ‘como pan caliente’; los dulces de jamoncillo, las calaveritas de azúcar, las manzanitas de coco y los higos rellenos endulzan la ofrenda de manera muy particular. Los dulces típicos le dan a Naolinco un sabor a tradición; asimismo, los vinos y toritos caseros son degustados por los visitantes y, por supuesto, por los mismos habitantes.
Una vez que todo está listo, las señoras, con ayuda de la familia, ponen el arco se tepejilote en la zona preferida u optimizada para la estética posición del altar, ya sea con algunos adornos de Cempasúchil o con pequeños racimos de berenjenas. Se hace una cruz en el piso, a pies del altar, utilizando los pétalos de las flores de muerto. Las veladoras, la fruta toda, el pan; el vino, la leche y el agua; la sal, los dulces, el alcohol y en algunas ocasiones también cigarros y juguetes, son puestos en orden y bien distribuidos por toda la ofrenda.
Se llega el 1 de noviembre y es cuando nos preparamos para recibir alrededor de 2 ó 3 mil visitantes. La Cantada comienza alrededor de las 7 de la noche, ya cuando el sol se ocultó y la luna manda en el manto celeste. La gente anda por las calles, tomándose fotos con las catrinas que se posan afuera de las casas, vestidas con sus largos y elegantes vestidos de papel crepé, esponjados, alentejuelados, y con bordes de encaje por todos lados, hasta en el sombrero, en donde también se hace notar una muy sutil pluma y una que otra flor de la región.
La gente, proveniente de todo el país y de algunas partes del mundo, visita las exposiciones que se presentan en los espacios culturales de la localidad. Se vuelve un mar de personas que buscan llenarse de una tradición muy antigua, y por lo tanto, muy bien conservada.
Volviendo, durante La Cantada, las casas permanecen abiertas para que los cantores entren y, con el respeto que merece tanto el hogar como el altar, entonen los alabados y las alabanzas que particularizan esta festividad. Los alabados son cánticos formados por versos, los cuales son cantados primeramente por una primera voz y repetidos éstos por las personas que estén acompañando. Las alabanzas, un poco diferentes a los alabados, están formadas por versos y un coro, el cual, acabado de cantar cada verso por la primera voz, se canta con ímpetu y devoción. La familia, al término del alabado, regala tamales y un poco de vino a los cantores, como muestra de agradecimiento y como mera costumbre de la tradición. Así se va de casa en casa, cantando frente a los altares de las familias naolinqueñas, para que sus difuntos busquen la paz eterna.
El Panteón pareciera cobrar vida (y eso que está lleno de muertos), debido al gentío que arriba a ese importante lugar. Es regla impuesta por la tradición, cantar el primer alabado o alabanza en la capilla central del Panteón, para después poder dirigirse a las tumbas en donde yacen sus difuntos.
La Cantada dura hasta que el sol sale nuevamente, concluye con personas transitando aún por las calles, con puertas abiertas en cada casa, disfrutando de los residuos del poco vino que queda.
Así es como se vive la fiesta de Día de Muertos en Naolinco, rodeado de una multitud cariñosa que busca llenarse de cultura, tradición y alegría.




